Etiqueta: Cambio climático

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Hulot: El “modelo liberal” es incompatible con la causa medioambiental

El ministro francés de la Transición Ecológica y número tres del Gobierno, Nicolas Hulot, ha anunciado su dimisión, algo de lo que no había avisado ni al presidente, Emmanuel Macron, ni al primer ministro, Edouard Philippe. Las razones, la imposibilidad de practicar una política medioambiental en el sistema liberal.

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Cambio climático: “No solo enferma el planeta”

Artículo de José Vicente Martí Boscà y María Barberá Riera,  de la Sociedad Española de Sanidad Ambiental(SESA) pertenecientes a la Dirección General de Salud Pública de la Generalitat Valenciana.

Fuente: sanidadambiental.com

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Los costes del Acuerdo de París podrían compensarse a nivel global con los ahorros en sanidad

Según los cálculos de un estudio de modelización publicado en la revista The Lancet Planetary Health, los costes de aplicación del Acuerdo Climático de París entre 2020 y 2050 podrían compensarse a nivel global con los ahorros en sanidad derivados de la disminución de muertes y enfermedades relacionadas con la contaminación atmosférica.

Fuente: Centro Vasco por el Cambio Climático

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Cómo predecir brotes de ébola

 

Existe un lapso de dos años entre una deforestación y la aparición de la enfermedad. Un equipo de investigadores avanza en la creación de un sistema de alerta temprana

Fuente: elpais.com

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2017, un año en el que el cambio climático ha sido muy evidente

Una vez finalizado 2017, toca hacer balance de lo que ha sido el mismo, en todo lo relativo a la climatología y los efectos derivados de ésta. Este año en España ha sido en general bastante seco, pues ha llovido un 28,95% por debajo de la media de precipitaciones del periodo 1981-2010, según datos de AEMET. Ello nos empuja a pensar que estamos inmersos en un periodo de sequía plurianual, que empezó en 2014, y que se ha agudizado durante 2017.

Fuente: Santiago Martín Barajas publico.es

Estos periodos de sequía plurianuales se suelen producir cada cierto tiempo en nuestro país. Sin embargo, los efectos de esta sequía aparentemente “normal”, se están viendo agudizados por otros factores, ligados directamente al cambio climático que estamos sufriendo.

Uno de los principales efectos derivados del cambio climático, al menos en nuestras latitudes, es la subida de las temperaturas medias, y eso mismo es lo que ha ocurrido en España durante 2017. La temperatura media durante este año ha sido nada menos que 1,2 grados centígrados superior a la media del periodo 1981-2010, también según datos de AEMET. Esta subida de la temperatura media conlleva una mayor evapotranspiración, reduciéndose de esa manera el agua que circula por los cauces o va a los acuíferos, que es la que podemos aprovechar. Es decir, que para un nivel similar de precipitaciones, el agua disponible, la que podemos captar y utilizar, es bastante menor. Efectivamente, según cálculos realizados desde Ecologistas en Acción, utilizando datos del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, las aportaciones de los ríos en régimen natural, es decir, el agua que va a parar a los cauces, se ha reducido aproximadamente una media del 20% en los últimos 25 años. Además, y aunque todavía no disponemos de los datos de 2017, la reducción de las aportaciones a los cauces que se ha producido durante este año, ha sido previsiblemente muy significativa.

Otro de los efectos del cambio climático es la sucesión de fenómenos climáticos extremos. Fuera de nuestras latitudes, en muchas zonas se produce una mayor frecuencia de huracanes, mientras que en España, y en general en todos los países mediterráneos, las olas de calor y temperaturas extremas son cada vez son más frecuentes. Por ejemplo, durante 2017, en la ciudad de Córdoba se superaron nada menos que en 37 días los 40 grados centígrados.

Las consecuencias ambientales y sociales de estas olas de calor y temperaturas extremas son especialmente graves. Según el Instituto de Salud Carlos III, más de 13.000 personas murieron en España a causa del calor en el periodo 2000-2009. La ola de calor que tuvo lugar en la segunda quincena de junio de 2017, tuvo un efecto devastador sobre un gran número de especies de insectos, cuyo ciclo reproductor se vio totalmente alterado, lo que produjo a su vez efectos muy negativos sobre muchas especies de aves, reptiles y anfibios. Asimismo, las altas temperaturas que han tenido lugar este verano, hicieron que los incendios forestales fuesen mucho más virulentos y difíciles de apagar, con el consiguiente mayor riesgo para la vida de las personas, como ocurrió en Portugal y Galicia; y afectando gravemente a zonas de gran interés natural, como pasó con el incendio de Doñana o los incendios de algunas zonas oseras de León y Asturias.

En definitiva, los efectos derivados del cambio climático están siendo cada vez más evidentes en España, y muy especialmente durante 2017.

Lo siguiente que cabe preguntarnos es, ¿qué están haciendo las autoridades al respecto? La respuesta es bien sencilla: prácticamente nada. A pesar de que las disponibilidades hídricas se están viendo progresivamente reducidas en nuestro país a causa del cambio climático, tanto el gobierno central como la mayoría de los gobiernos autonómicos, siguen autorizando y favoreciendo la expansión del regadío, que actualmente supone el 85% del consumo total de agua en España. De hecho, en los últimos 20 años, la superficie de regadío en España se ha incrementado en más del 20%, siendo las regiones donde más ha crecido Castilla-La Mancha (46,5%) seguida de Andalucía (38,3%) y Extremadura (27,1%).

El desprecio por parte del gobierno a todo lo relativo al cambio climático llega al extremo de que ni siquiera el presidente Rajoy se dignara a asistir a la Cumbre de Cambio Climático, celebrada en Bonn el pasado mes de noviembre.

Tal y como están las cosas, desde los movimientos sociales y la ciudadanía en general, lo que nos toca es presionar a nuestros gobernantes para que lleven a cabo todas las medidas necesarias para frenar en la medida de lo posible el cambio climático. También es necesario que inicien una adaptación de nuestro país a la nueva situación climática, que condiciona algunos aspectos tan esenciales como por ejemplo la disponibilidad de agua. En este sentido, debería frenarse la creación de nuevos regadíos, y llevar a cabo una reducción progresiva de los existentes hasta niveles sostenibles. En el caso de no hacerse, será el propio clima el que lo haga, y de forma mucho mas traumática, pues si no se limita el riego, podría estar poniéndose en riesgo incluso algo tan esencial como es el abastecimiento de agua potable a muchas poblaciones, y no en un futuro lejano, sino incluso en el próximo verano.

*Santiago Martín Barajas es Coordinador del área de Agua de Ecologistas en Acción

 


 

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Élites contra la Salud Pública

Trump, cambio climático y refugiados: élites contra la salud pública. Por Bruno Latour. Traducción de David Hammerstein, miembro del Consejo Asesor de NoGracias

Los efectos del cambio climático y la muerte y sufrimiento de millones de refugiados suponen dos de los más graves problemas de salud pública a nivel mundial.

Fuente: nogracias.eu

El negacionismo, aislacionismo y neo-racismo de Trump dejan sola a Europa en la búsqueda de soluciones.

Bruno Latour, uno de los filósofos vivos más importantes, realiza una reflexión sobre los actuales condicionantes ecológicos, políticos y sociales, y critica duramente el papel de unas élites que han decidido abandonar a la humanidad a su suerte

Desde las elecciones estadounidenses de noviembre de 2016, las cosas se han aclarado. Europa está siendo desmembrada: cuenta menos que una avellana en un cascanueces. Y esta vez, ya no puede esperar que los Estados Unidos le ayuden a arreglar nada.

Tal vez sea el momento de reconstruir una Europa unida. No será la misma que se inventó después de la guerra, una Europa basada en el hierro, el carbón y el acero, o la más recientemente construida sobre la ilusoria esperanza de escapar de la historia a través de la estandarización y la moneda única. No.

Si Europa debe reinventarse, es a causa de las graves amenazas a las que se enfrenta: el declive de sus estados -que inventaron la globalización- el cambio climático y la necesidad de albergar a millones de migrantes y refugiados.

Con mucho, el evento más significativo de los últimos años no es el Brexit ni la elección de Donald Trump, sino la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21) de París, donde el 12 de diciembre de 2015, los delegados finalmente llegaron a un acuerdo. Lo significativo no es lo que decidieron los delegados, ni siquiera que este acuerdo pueda tener los efectos buscados (los que niegan el cambio climático en la Casa Blanca y el Senado harán todo lo que puedan para desbaratarlo). No. Lo significativo es que todos los países que firmaron el acuerdo se dieron cuenta de que si seguían adelante con sus planes de modernización individual, este planeta simplemente no sería lo suficientemente grande.

Si ya no hay planeta, ni tierra, ni suelo, ni territorio para las necesidades de globalización económica ¿qué deberíamos hacer entonces? O negamos la existencia del problema ecológico global en el que nos encontramos o buscamos aterrizar y poner los pies en tierra. Esta elección es lo que ahora divide a las personas, mucho más que ser políticamente de derechas o de izquierdas.

Estados Unidos tenía dos opciones después de las elecciones. Podía reconocer el alcance del cambio de las circunstancias ecológicas globales y la enorme magnitud de su responsabilidad y hacerse realista sacando al mundo del abismo, o bien podría hundirse aún más en el negacionismo. Trump parece haber decidido dejar que Estados Unidos siga soñando unos años más y en el camino arrastrar a otros países hacia el abismo.

 Nosotros los europeos no podemos permitirnos soñar. Aun cuando nos estamos dando cuenta de las muchas y diferentes amenazas, no estamos acogiendo en nuestro continente a millones de personas, que a causa del impacto combinado de la guerra, el fracaso de la globalización económica y el cambio climático, son arrojadas (como nosotros, contra nosotros, o con nosotros) a la desesperada búsqueda de una tierra donde ellos y sus hijos tengan alguna esperanza para vivir.

Vamos a tener que vivir juntos con personas que hasta ahora ni han compartido nuestras tradiciones y valores ni nuestra forma de vida ni nuestros ideales, gente que aunque está cerca de nosotros es ajena a nosotros: son terriblemente cercanos y terriblemente extranjeros.

Lo que compartimos con estos pueblos migratorios es que, como ellos, todos estamos privados de Tierra. Nosotros, los viejos europeos, estamos privados porque no hay un segundo planeta para las necesidades expansivas de la globalización económica y en consecuencia deberemos cambiar nuestros modos de vida. Ellos, los futuros europeos, se ven privados porque han tenido que abandonar sus viejas y devastadas tierras y tendrán que aprender a cambiar la forma en que viven.

Este es el nuevo universo en que hemos aterrizado. La alternativa única de pretender que nada ha cambiado es la de retirarse detrás de un muro y continuar promoviendo, con los ojos bien abiertos, el sueño del “estilo de vida estadounidense” (o europeo), sabiendo al mismo tiempo que miles de millones de seres humanos nunca podrán hacerlo.

La mayoría de nuestros conciudadanos niega lo que le está sucediendo a la Tierra, pero entienden perfectamente que la cuestión de los inmigrantes pondrá a prueba todos sus deseos de identidad. Por ahora, alentados por los llamados partidos populistas, tan solo han captado un aspecto de la realidad del daño ecológico: están enviando un gran número de personas no deseadas a través de sus fronteras. De ahí su respuesta: “debemos levantar fronteras firmes para que no nos invadan”. Pero hay otro aspecto de este mismo cambio que no han percibido correctamente: durante mucho tiempo, la nueva situación del cambio climático ha estado barriendo todas las fronteras, exponiéndonos a cada tormenta. Contra tal invasión, no podemos construir muros. La migración y el clima son parte del mismo problema.

Si deseamos defender nuestras identidades, también vamos a tener que identificar a esas masas de migrantes sin estado, que son conocidos como erosión, contaminación, agotamiento de recursos y destrucción del hábitat natural. Podemos sellar nuestras fronteras contra los refugiados humanos, pero nunca se podrá evitar que intenten salir adelante.

Es aquí donde tenemos que introducir una ficción plausible. Las élites ilustradas (que sí que existen) se dieron cuenta después de la década de 1990 de que los peligros resumidos en la palabra “clima” estaban aumentando. Hasta entonces, las relaciones humanas con la Tierra habían sido bastante estables. Era posible tomar un pedazo de la Tierra, asegurar los derechos de propiedad sobre ella, trabajarla, usarla y abusar de ella. La Tierra en sí misma se mantuvo más o menos tranquila. Pero las elites ilustradas pronto comenzaron a acumular evidencias empíricas que sugerían que este estado de cosas no iba a durar mucho. El problema es que, una vez que las élites entendieron que las advertencias de los informes y datos del estado de los sistemas naturales eran correctas, no dedujeron de esta verdad innegable que todo ello les costaría pagarlo caro. En vez de eso, sacaron dos conclusiones, que ahora han llevado a la elección de un señor de desgobierno para la Casa Blanca:

 sí, esta catástrofe ecológica nos obliga a pagar a un alto precio, pero son los otros quienes pagarán, no nosotros. Nosotros continuaremos negando esta verdad innegable.

Si esta ficción plausible es correcta, nos permite entender los procesos de “desregulación” y el “desmantelamiento del estado de bienestar” de la década de 1980; de “negación del cambio climático” de la década de 2000 y, sobre todo, el aumento vertiginoso de la desigualdad en los últimos cuarenta años. Todas estas cosas son parte del mismo fenómeno: las élites se dieron cuenta de que no habría futuro para el mundo y de que necesitaban deshacerse de todas las cargas de la solidaridad lo más rápido posible; de ahí la desregulación. Necesitaban construir una especie de fortaleza dorada para el mínimo porcentaje de gente que lograría avanzar en la vida (lo que nos lleva a una creciente desigualdad) y, para ocultar el egoísmo craso de este vuelco del mundo común, negar completamente la existencia de la amenaza (es decir, negar el cambio climático). Sin esta ficción plausible, no podemos explicar la desigualdad, el escepticismo sobre el cambio climático o la furiosa desregulación.

Voy a recurrir a la metáfora traída del Titanic: las personas de las elites ilustradas ven que la proa se dirige directamente al iceberg, saben que el naufragio es inevitable, agarran los botes salvavidas y piden a la orquesta que toque canciones de cuna para poder hacer una escapada limpia, antes de que las alertas de alarma despierten a las clases más humildes. Desde los rieles del barco, las clases bajas, que ahora están completamente despiertas, pueden ver cómo los botes salvavidas se alejan flotando en la distancia. La orquesta continúa tocando “Más cerca de ti, Dios mío”, pero la música ya no es suficiente para cubrir los aullidos de ira. Y de hecho “rabia” es la palabra para describir la incredulidad y desconcierto que despierta tal traición.

Cuando los analistas políticos intentan captar la situación actual, usan el término “populismo”. Acusan a la “gente común” de complacerse en una visión estrecha, critican sus miedos, su ingenua desconfianza hacia las elites, su mal gusto en la cultura y sobre todo su pasión por la identidad, el folklore, el arcaísmo y las fronteras. Dicen que estas personas carecen de generosidad, de apertura de mente, de racionalidad, no tienen gusto por el riesgo. (¡Ah, ese gusto por el riesgo, predicado por aquellos que están seguros dondequiera que sus millas aéreas les permitan volar!). Este argumentario pretende hacer olvidar que las “élites” traicionaron insensiblemente a la “gente común”, que abandonaron la idea de modernizar el planeta para todos porque sabían, antes que los demás, mejor que los demás, que esta modernización era imposible.

La originalidad de Trump radica en la forma en que reúne, en un solo movimiento e implicando a toda una nación, una loca carrera para obtener el máximo beneficio (los nuevos miembros de su equipo son multimillonarios) y profundizar en las divisiones étnicas, junto con una loca carrera de negación explícita de la situación geológica y climática.

Igual que el fascismo logró combinar los extremos, para sorpresa de los políticos y comentaristas de la época, el trumpismo combina los extremos y engaña al mundo con su esperpento truculento. En lugar de contrastar los dos movimientos, el de avanzar hacia la globalización y el de retroceder hacia al viejo terreno nacional, Trump actúa como si ambas tendencias pudieran fusionarse. Por supuesto, esta fusión solo es posible si se niega la existencia misma de un conflicto entre la modernización, por una parte, y las realidades ecológicas y materiales, por la otra. De ahí el destacado papel del escepticismo sobre el cambio climático, que no puede entenderse sin esta negación del conflicto con los límites de la Tierra. Y es fácil ver el por qué: la total falta de realismo existente entre los que lideran y alientan a millones de miembros de las llamadas clases medias para volver a la ilusoria protección del pasado. Por ahora, este proceso contradictorio entre estado nación y la globalización modernizadora es una forma de permanecer completamente indiferente a la situación geopolítica en la Tierra. Por primera vez, todo un movimiento político ya no afirma que puede enfrentarse seriamente a las realidades geopolíticas; al contrario, se coloca así mismo fuera de cualquier restricción externa y de cualquier límite, por así decirlo. Lo que cuenta por encima de todo es que las élites saben que ya no tendrán que compartir con las masas el mundo.

Es increíble que esta innovación política provenga de un promotor inmobiliario endeudado que ha ido de bancarrota en bancarrota y que se convirtió en una celebridad gracias a los programas de reality TV (otra forma de escapismo). La completa indiferencia hacia los hechos marcaron la campaña electoral de Trump, algo que es simplemente una consecuencia de afirmar que puedes vivir sin haber aterrizado en la realidad. A aquellos que desean regresar al país que una vez conocieron les promete que reencontrarán su pasado (aunque en realidad los está arrastrando hacia un lugar imaginario sin existencia real). Así se entiende que no pueda ser muy exigente sobre las evidencias empíricas.

No tiene sentido enojarse porque los votantes de Trump no crean en los datos; no son estúpidos. La situación es totalmente la contraria: es el hecho de la situación geopolítica general lo que hace que la indiferencia hacia las evidencias se vuelva tan esencial.

Si tuvieran que darse cuenta de la gran contradicción entre la esperanza de la vuelta a la modernización nacional y los límites de la Tierra, tendrían que comenzar a bajar y poner los pies en la realidad. En este sentido, el trumpismo define (por supuesto en negativo) el primer gobierno ecológico.

Y no hace falta decir que la “gente común” no debería tener demasiadas ilusiones acerca de cómo va a resultar esta aventura. No hace falta ser muy brillante para prever que todo terminará en una terrible conflagración. Este es el único paralelismo real con los otros fascismos. El desafío a cumplir está hecho a medida para Europa, ya que es Europa quien inventó la extraña historia de la globalización y luego se convirtió en una de sus víctimas. La historia pertenecerá a los primeros que vuelvan a poner sus pies en una Tierra habitable, a menos que los otros, los soñadores de la antigua realpolitik, finalmente consigan destruir la Tierra para siempre.

Por Bruno Latour. The Great Regression es una colección de ensayos editados por Heinrich Geiselberger que Polity publicará el próximo mes.

Traducido por David Hammerstein, miembro del Consejo Asesor de NoGracias

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Mercados verdes: Naturaleza al mejor postor

De la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y la degradación de la biodiversidad surgen nuevas oportunidades de negocio para el sector financiero. Desde lo privado, se impulsan mecanismos de mercado para dar respuesta a la crisis ecológica bajo el pretexto de la escasez de recursos económicos de los Estados. Pero, ¿sirven estas medidas para preservar la naturaleza?

Fuente: Elsaltodiario.com Mariola Olcina y Marta Luengo 

Este mes de noviembre se celebra en Bonn (Alemania) la vigésimo tercera Conferencia de las Partes (COP23) con el objetivo de desarrollar el marco propuesto en el famoso Acuerdo de París de 2015. Quizá lo más sonado de aquel acuerdo fue la decisión de fijar en dos grados el límite de aumento de temperatura media en la Tierra. Sobre las estrategias y herramientas para alcanzar esa meta no hay tanta novedad y el acuerdo, si bien abre alguna posibilidad de cambio, refuerza las soluciones al cambio climático definidas por los actores más contaminantes con las llamadas soluciones de mercado.

Hace unos meses, en el simposio sobre finanzas verdes, Jens Weidmann, presidente del Deutsche Bundesbank, afirmaba que “para afrontar el reto climático, los fondos públicos son importantes, pero sólo pueden proporcionar una pequeña parte de lo que se requiere. Esto significa que el capital privado tendrá que cumplir con la mayoría de estas necesidades de inversión”. Para Weidmann, defensor de la ortodoxia económica alemana que tanto estigmatiza los déficits, los Gobiernos no son lo suficientemente solventes para afrontar la lucha contra el cambio climático en solitario. Las alianzas público-privadas pueden resultar útiles, sin embargo, los mecanismos de mercado han recibido múltiples críticas por su falta de efectividad -según la ONU las emisiones globales de gases de efecto invernadero siguen aumentando- y por las injusticias que conllevan.

¿CUÁNTO VALE UNA TONELADA DE CO2?

El propio Acuerdo de París da rienda suelta al desarrollo de antiguos y nuevos mecanismos de mercado, al establecer el marco de cooperación internacional a través de estos en su artículo 6 y señalando el mercado de carbono como una herramienta a potenciar.Los mercados de emisiones de carbono se diseñaron en el Protocolo de Kyoto y en ellos se especula con un elemento extraño: los derechos de CO2. Se basan en la esperanza de que, poniendo un precio a la tonelada de dióxido de carbono, estas se pondrán tan caras que las empresas contaminantes no podrán permitírselas, y se verán obligadas a reducir inevitablemente sus emisiones.

“Si un país o empresa emite menos de lo pactado, puede vender su excedente en forma de derechos y permitir así que otro más contaminante no tenga que reducir tanto. Se cae, por tanto, en postergar el desarrollo de tecnologías que contribuyan a reducir realmente las emisiones”,

explica Nele Mariën, investigadora de Amigos de la Tierra Internacional.

Se han hecho múltiples cálculos del precio de carbón -que van desde los 40 a los 80 dólares- que asegurarían el cumplimiento de los compromisos de París, pero según un informe de Carbon Market Watch, el precio no es lo suficientemente alto para conseguir los objetivos, de hecho,

“en la actualidad el precio de la tonelada de CO2 es tan bajo que a una empresa le sale más barato contaminar que cambiar la tecnología para ser más eficiente, por ejemplo”,

dice Javier Andaluz, responsable de Cambio Climático de Ecologistas en Acción. Poner un precio al carbón no parece haber solucionado demasiado, es más,

“por mucho que suba el precio, sin un firme compromiso de reducción de emisiones, la demanda de derechos para contaminar no se reducirá al ser muy inelástica. Más que la reducción de emisiones, el sistema favorece a quien se pueda permitir pagar, comenta la economista Paloma Villanueva.”

Además, este sistema “permite algo muy injusto: que gobiernos y empresas de los llamados países desarrollados puedan emprender en países en desarrollo proyectos que supuestamente conllevan la reducción de emisiones”, continúa Nele Mariën. La investigadora se refiere a la deslocalización de reducción de emisiones: se emprenden proyectos de reducción de emisiones en los países del sur que así generan derechos de emisión y las empresas y países industrializados pueden emplearlos para equilibrar sus emisiones netas.

(La deslocalización de emisiones) “Es una trampa porque no se reducen las emisiones globales y se facilita emprender proyectos contaminantes. Son herramientas para evadir nuestras responsabilidades con las que, además, cargamos a países que tienen un nivel menor de emisiones per cápita”, explica Nele Mariën.

BOSQUES Y BIODIVERSIDAD AL MEJOR POSTOR

Con la esperanza de que el mercado remedie los problemas ambientales, también se pone precio a los bosques y a la biodiversidad. Quien los conserva genera derechos que puede vender a otro agente en otra parte del mundo que necesite disponer de territorio, y por tanto, la destrucción de ecosistemas se compensa. Son los mecanismos de compensación que, en el caso de los bosques, están regulados por la ONU en el programa REDD+ y que, por ejemplo, la Organización Internacional de Aviación quiere utilizar para equilibrar completamente las emisiones del transporte aéreo.Sin embargo, para Javier Andaluz, “es imposible calcular cuánto CO2 absorbe un árbol”. “Las medidas no son en absoluto adecuadas”, coincide Nele Mariën, ya que

“al comerciar con el carbono que almacenan los bosques no se reducen las emisiones globales, sino que se añaden más: a pesar de conservar un bosque, los gases que se producen a cambio en otro lugar del mundo provienen de la quema de petróleo o carbón, elementos de la corteza de la Tierra cuyas emisiones se añaden a las que ya se producen en la biosfera”.

En el caso de la biodiversidad, “intentar medirla es aún más absurdo. Se llega a afirmar que hay especies más valiosas que otras y que por conservarlas pueden destruirse muchas especies en otras zonas”. Hay distintas modalidades de traficar con ella que suelen consistir en la creación de bancos de biodiversidad que venden derechos de conservación a quien necesite compensar daños medioambientales. En definitiva, para Villanueva, “los mecanismos de mercado parten de la errónea idea de que la naturaleza es perfectamente divisible y, en consecuencia, sustituible”.

TAMBIÉN EN EL CASINO: LOS BONOS VERDES

A todos estos mecanismos se han unido los llamados bonos verdes. Los bonos son deuda que emiten las empresas para conseguir fondos. En el caso de los bonos verdes, la cantidad obtenida se dirige teóricamente a financiar proyectos sostenibles. Es decir, una empresa que quiera hacer sus instalaciones menos contaminantes o iniciar un proyecto de energías renovables puede emitirlos y conseguir el capital necesario. La obtención de la etiqueta “verde” está en manos de las agencias de inversión que se han ido creando al calor de este nuevo mercado.El primer bono verde lo emitió en 2007 el Banco Europeo de Inversiones (BEI) con normas definidas por él mismo. En 2014, los bancos de inversión más importantes del mundo como Goldman Sachs y JP Morgan establecieron los Principios de los Bonos Verdes para controlar el desarrollo de este mercado. Actualmente, la Iniciativa Bonos Verdes, financiada por la Fundación Rockefeller o el banco HSBC, ha adquirido un papel central y busca “movilizar todo el dinero de los mercados financieros para soluciones del cambio climático”, es decir, ampliar el casino financiero “sumándolo a la causa por el cambio climático creando activos de incierta rentabilidad”, en palabras de Villanueva, especialista en la materia.

Ante el incierto futuro de las finanzas globales con unos tipos de interés que se mantienen bajos, el capital necesita nuevos mercados y se dirige al “verde”, entre otros, bajo la promesa del fuerte crecimiento que predicen los organismos internacionales. Para Villanueva, “a los inversores les da igual el color de los bonos, buscan con ansia mercados donde invertir y obtener rentabilidad”. El valor actual del mercado es de 221.000 millones de dólares, lo cual, aunque parezca una cantidad grande, no lo es para las finanzas internacionales y representa un ínfimo 0,2% del volumen total de bonos en circulación.

La sombra de la duda planea cuando se observa quiénes son los actores del mercado: por un lado, China y Estados Unidos, los países más contaminantes y, por otro, empresas que necesitan legitimar sus inversiones y quitarse el estigma de “sucias”, como Iberdrola, la corporación con más bonos emitidos. Se dan paradojas como que Repsol, una petrolera, haya conseguido este año 500 millones para financiar proyectos sostenibles en condiciones muy favorables. Los críticos piden más transparencia ante los sistemas de verificación que garanticen que las inversiones que se realizan son realmente sostenibles. 

¿SERVIRÁ EL MERCADO?

No se trata de estigmatizar las finanzas como tales, sino de analizar qué papel están representando realmente. Para el experto en economía ecológica, Óscar Carpintero, las finanzas difícilmente pueden ser parte de la solución puesto que son “un instrumento de primer orden en la adquisición de riqueza de los agentes económicos, tanto a escala nacional como internacional. Ese proceso ha estado especialmente vinculado a la apropiación y deterioro de recursos naturales y territorios durante los dos últimos decenios”.Es decir, hoy por hoy están orientadas al lucro y no han contribuido a mejorar el medioambiente. Encontrar soluciones reales, según Andaluz, pasa por “impulsar la descarbonización de la economía y dejar de utilizar combustibles fósiles y no perseguir la neutralidad climática que promueven estos mecanismos de compensación”.

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“Salvar el clima” por Mario Fernández (Osalde)

Charla debate en Centro municipal Zankoeta de Bilbao, 8 de novimbre de 2017

Organizado por Asociación vecinal de Basurto.

Con la participción de Greenpace y Ayto de Bilbao

Intervención de Mario Fernandez

 

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