por Iñaki Markez (Psiquiatra y miembro de Osalde)
La coerción en la atención en los servicios de salud es un tema de actualidad. Por algunos casos mediáticos, por el impulso de iniciativas de diferentes colectivos y plataformas, por algunos posicionamientos desde asociaciones científicas, de algunos profesionales, colectivos de familiares y de usuarios, en espacios de debate, así como algunas instituciones, como ocurre con las defensorías del pueblo. También lo expresó el Relator Especial de la ONU, Juan E. Méndez, que ya en 2013 recomendaba la prohibición de los métodos de inmovilización o medicación forzosa en instituciones psiquiátricas. Negaba toda “justificación terapéutica” para estas prácticas, malos tratos encubiertos bajo “la doctrina de la necesidad médica”. También desde Osalde y desde el Foro Vasco por la Salud estamos por la atención digna a las personas, sin sujeción ni contención, con enfermedad mental o sin ella.
¿Dónde hay coerción?
En las cárceles, en hospitales (psiquiátricos. o generales), en residencias de mayores, centros de menores o de migrantes, etc. Además, lo preocupante es que en todos hay o ha habido vulneraciones de derechos, agresiones físicas… e incluso algunas muertes.
Hoy no son raras las decisiones en torno a la esterilización, el impedimento de la vida en pareja, la restricción de libertades y derechos civiles, las intervenciones quirúrgicas, el encierro y el aislamiento, la inmovilización terapéutica con contención mecánica (correas, contención física, camisas de fuerza, camas con barrotes, etc.), donde su uso son recursos utilizados justificando que se trata de proteger al paciente y a otras personas (familiares, sanitarios…) cuando no a la sociedad y ahí surge la polémica. Y esto con pacientes que rara vez tienen una información veraz sobre el procedimiento a considerar, más allá de su deseo y opinión. No es raro no saber los deseos de los pacientes, ni dar información y valorar alternativas, o hacer ingresos involuntarios, sujeciones físicas e incluso que se ponga en peligro su salud con medicación crónica. Asuntos legales como la custodia y la tutela, voluntades anticipadas… se suman al debate. Sin dejar de lado actitudes de desprecio o las restricciones en el medio hospitalario. La coerción siempre conlleva cierto atropello de los derechos cívicos.
Las consecuencias de la utilización de intervenciones coercitivas se manifiestan con daños físicos y psicológicos, en ocasiones muy graves, que han de llevar a reflexionar y tomar medidas sobre las actitudes y percepciones de los profesionales de salud -y salud mental- sobre la contención. Para unos, esas intervenciones se entienden como parte del trabajo, para protección de sí mismos y de algunos pacientes. Para otros, son percibidas como un fracaso o una mala praxis. Sabemos que un buen vínculo entre el profesional y paciente actúa como factor protector, permitiendo una mayor efectividad de la contención verbal, pero la ausencia de un vínculo terapéutico puede dar lugar a un manejo más autoritario.
¿Es posible una clínica sin coerción?
Nos lo tenemos que preguntar y, también, buscar alternativas. La salud de las personas pasa por la recuperación de la autonomía perdida. Con un modelo biomédico, hegemónico en el proceso asistencial donde precisamos ver lo bio-psico-social y lo socio-sanitario, y que las actuaciones sean integrales, colaborativas, con atención a la ética, donde el diálogo, la confianza y la seguridad sean verdaderos pilares. Los buenos tratos como un fin y no como un medio, tratar como desearías ser tratado; y ser reconocidos como personas con todos sus derechos. Desde aquí hemos de contemplar la eliminación de la contención mecánica con uso de medidas menos restrictivas.
Es sabido que con más recursos se ataría menos. Las limitaciones de la sanidad pública dificultan un abordaje con métodos menos drásticos. Pero existen las conversaciones con el paciente y la autorregulación emocional para entender su vivencia, tratando de implicar a los usuarios en la toma de decisiones terapéuticas, o sea, empoderarle. No son elucubraciones, sí son precisas otras actitudes diferentes que ya existen en otros lugares. Son varios los países europeos con el objetivo de contenciones cero, tras un plan integral que aumentó la ratio de profesionales y con programas formativos para médicos y enfermería. Suiza, Reino Unido, Islandia, países nórdicos… están en ello.
Necesitamos de un cambio de “mentalidad” o filosofía de trabajo del profesional. Realizar cambios a nivel legislativo, que regulen las contenciones mecánicas, y nuevas formas de percibir la autonomía del usuario de la red pública de atención a la salud, también en el Tercer Sector… Es decir, la lucha contra la coerción debe comenzar por nosotros mismos, por los equipos sanitarios. Donde la “contención” llamada verbal y emocional, no tienen por qué ser coercitivas. Toda medida restrictiva debe tener sentido y objetivos claros, ser evaluable, revisable y conllevar formación del personal e información a quien se aplica. Escuchar, persuadir, confianza mutua, aminorar posible agitación… se alejan de aplacar, de golpear, amarrar o sedar.
Encerrar, amarrar, dopar, limitar… no cura. Si terminamos con las medidas coercitivas brutales y las sustituimos por otras más refinadas, tampoco avanzamos. Se necesita un cambio de paradigma.
Iñaki Markez




