Higiene personal, higiene pública en cualquier época

Higiene personal, higiene pública en cualquier época

por Iñaki Markez Psiquiatra, miembro de OME y Osalde

Iba caminando hace unos días, al atardecer, por el paseo cercano a la playa. Íbamos con mascarillas, tranquilos, nos cruzamos con algunas docenas, quizá cientos de personas que también paseaban, junto a otros que lo hacían en bicicleta, patines o en monopatín, mientras otros practicaban “footing”, casi todos por el carril específico. Digo casi porque en un momento cruzaron por la misma acera y a escasos centímetros dos jóvenes treintañeros muy sudorosos mientras uno lanzaba un escupitajo que por poco me impacta. Siguieron de largo mientras yo me indignaba por su mala educación. O quizá no, pues es una imagen muy habitual en los futbolistas en cada partido, cosa que no ocurre en otros deportes de grupo, y nada ocasional en la vía pública entre viandantes. Vaya, que para mucha gente debe ser lo normal.

Igual de normal que nos podamos encontrar cientos, miles de restos de chicles o colillas por las aceras, y envoltorios de golosinas, restos de pipas de girasol y alguna lata de refrescos… cercano todo ello a algunas heces caninas. Cualquiera de estos restos es inimaginable que podamos encontrar en lugares tan diferentes como Helsinki, Bangkok, Madeira o Lausana, donde, eso sí, nos hallaremos con la prohibición de fumar en la vía pública y arrojar desperdicios varios o habrá ceniceros, papeleras o recipientes específicos en calles y plazas para su depósito si estuviera permitido su consumo o paseo de canes. Eso es lo normal, si existen normas y criterios de educación e higiene social.

 

Estoy totalmente de acuerdo con las medidas elementales frente al riesgo de infección en esta pandemia: lavado de manos, mascarilla y distancia. Por cierto, la higiene de manos está escasamente consolidada en nuestro medio. Con la anterior epidemia de gripe A, recuerdo que se instalaron dispensadores de jabón y geles en los centros sanitarios que, en pocos meses, incomprensiblemente fueron retirados porque “eran caros”. Algo que debiera existir permanentemente, no solo en todos los establecimientos sanitarios sino también en los lugares de frecuentación social, sean instituciones, centros deportivos o de encuentro interpersonal de todo tipo. Y, sin embargo, no es así. Como es cierto que sean muchas, demasiadas, las personas que vigilan escasamente esa higiene de las manos tras tomar contacto con multitud de mecanismos, materiales, aparatos y partes de su cuerpo, donde es muy probable encontrarnos con gérmenes muy variopintos. Aun así, no son pocos quienes dicen que solo se las lavan durante el día “si están sucias”, o sea, en dos o tres ocasiones al día. Hemos aprendido muchas cuestiones, pero no tenemos asumido culturalmente los comportamientos de higiene elemental. Por eso asumo que somos candidatos a muchas enfermedades, leves la inmensa mayoría, nada comparables a este terrible episodio, pero son enfermedades, al fin y al cabo, sustentadas en las deficiencias higiénicas.

 

Esto me lleva a afirmar que por ahí tenemos un campo de intervención. Desde el ámbito sanitario y también desde el educativo, el político y el mediático. Todos los profesionales y agentes sociales que intervienen desde esos campos tienen mucho que aportar, con actuaciones de los medios de comunicación y de los líderes de opinión, algunos en las cercanías de la educación y del medio sanitario, que tienen gran impacto en la Salud colectiva e individual, y son fundamentales para la promoción de valores, así como conformar creencias y conductas. Si es preciso, repensando los modelos de comunicación. Normal.

 

No hay que verlo todo en negativo, se trata de aprender a construir nuevos comportamientos en las nuevas situaciones. A sabiendas de que hay sectores interesados en la devaluación del prestigio de nuestro modelo sanitario público, con el consiguiente riesgo de facilitar su privatización, como hemos comprobado en iniciativas de varios gobiernos autonómicos en estos meses pasados. De nuevo, incluso en el contexto de la pandemia, nos toca valorar nuestra sanidad pública como sistema sanitario que ha mostrado no ser uno de los mejores como retóricamente se dice, como tampoco queremos que se sostenga en base a la entrega y riesgo de sus profesionales.

Tras una situación de crisis como la que estamos viviendo, tenemos que ser capaces de lograr experiencias propias o ajenas que nos encaminen hacia cambios en la manera de vernos, a nosotros mismos y a nuestro entorno. Eso será parte del llamado “crecimiento postraumático”. Donde no todo pasa por una respuesta sanitaria, o social. Eso sí, debemos evitar iniciativas que vayan contra la salud o contra ciertos sectores de población. Cierto que, tras haber comprobado las consecuencias trágicas debido a demasiados recortes y no cubrir las necesidades sociales y sanitarias, es el momento de exigir el fortalecimiento de los equipos, especialmente en la Atención Primaria y en ese amplio campo socio-sanitario que tanto abandono se ha podido visibilizar.

 

No debemos olvidar que la sanidad pública vasca y española se ha configurado a partir de la Ley General de Sanidad, que ha permanecido prácticamente en el subdesarrollo, reducida a algunas medidas ante posibles epidemias. Tuvieron que pasar más de tres décadas -la transición epidemiológica– de las enfermedades agudas a las crónicas y un notorio desarrollo teórico de la salud pública, con la aportación de las sociedades científicas, los organismos internacionales, algunos partidos políticos y las comunidades autónomas, para llegar a una Ley General de Salud Pública aprobada en 2011. Por cierto, con la abstención de la derecha, que más tarde degeneró en su veto de los sucesivos gobiernos con la excusa de la crisis económica. Después, llegó el ninguneo político y mediático, hasta el punto de que en plena pandemia ha sido totalmente ignorada. Aunque fuera una ley avanzada que intentaba responder a las epidemias, los hábitos de riesgo, las enfermedades crónicas y degenerativas de un país desarrollado, que consideraba los determinantes sociales, de género, laborales, ambientales… La elaboración una Estrategia de Salud Pública y sus instituciones no se pusieron en marcha y, tras el anuncio de un plan de pandemias, quedó reducido a un plan frente a enfermedades infecciosas. Si carecemos de políticas de salud pública, incluida la carencia de políticas de cuidados adecuadas, es normal que encontremos tantas debilidades en una pandemia infecciosa como la covid19.

 

Volvamos a la preocupación del principio. En estos meses no hemos encontrado grandes campañas de educación sanitaria, tampoco sobre higiene, personal y comunitaria. Con recomendaciones claras, en torno a la “p”: sin precipitación, sin falta de previsión, con precauciones y sabiendo orientar la prevención. Hay quienes analizan los brotes mirando hacia algunas acciones con “b”, botellones, bodas, bares, bautizos, barullo… generando buenas dosis de estigmatización en esos grupos mientras los limitan o prohíben tras haberlos inducido previamente con su visión sobre la “normalidad”. Una buena campaña de prevención de ciertos comportamientos no higiénicos y de promoción de la salud puede ser mucho más efectiva si se tiene un contacto constante con la población a la que queremos llegar, en este caso el conjunto de la ciudadanía. Es necesario enfatizar con la comunicación adecuada desde los centros educativos y de salud con la colaboración de los medios de prensa. Normal.

Ilustración: Óleo de 70 x 50 cm de Iñaki Márkez

 

2 Comments

  • Redacción web

    Muy acertado el tema. No sé que le pasa a éste país que no evoluciona en ese sentido. Vamos, que la educación obligatoria no educa, pero tampoco la familia ni la comunidad. Quiero pensar que ésto también es consecuencia del sistema basado en el individualismo, la competitividad y la falta de conciencia cívica que también explica la actitud irresponsable ante la pandemia que expone frívolamente a la enfermedad y la muerte de personas susceptibles y amenaza al colapso del Sistema Asistencial.

  • Ander Retolaza

    Bien, Iñaki. Responsabilidad de las Instituciones Públicas y de las personas privadas. Parece que nos falta un poco de todo ello. Nos justificamos en lo que falla, que ubicamos casi siempre fuera de nosotros mismos. A mejor lazo social, mejor respuesta comunitaria. Pero no parece que sea el caso. Al menos en la medida de lo que necesitamos ahora mismo. Igual es que somos un país (hablo de Euskadi) no tan rico y desarrollado, no tan unido (o solidario), ni tan de izquierdas. Se me ocurre que, pese a nuestras pretensiones, estamos más en el Sur que en el Norte.

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