Tras el confinamiento y el estado de alerta ¿qué nos queda?

Tras el confinamiento y el estado de alerta ¿qué nos queda?

Por Iñaki Márkez, Psiquiatra y miembro de OME y Osalde

         

 

Tras el confinamiento y el estado de alerta ¿qué nos queda?

La larga cuarentena ha sido la respuesta más o menos uniforme de los países afectados por la pandemia del coronavirus de quien tanto desconocemos salvo que puede provocar diferentes complicaciones médicas. Es más, podemos adelantar que es complicado saber qué impacto psicológico tendrá la covid-19 en los próximos meses, incluso años, aunque nos situemos con un estrés prolongado.
Además, en el periodo de aislamiento –el confinamiento– las respuestas emocionales más habituales son de ansiedad, estrés y tristeza, junto a dificultades en la esfera del sueño, cuadros de abstinencia en personas dependientes de diferentes sustancias, etc.  Con respuestas adaptativas frente a los factores de alarma propios de la cuarentena. Los miedos a la infección, a la insuficiencia de medios de protección, las informaciones contradictorias, el aburrimiento, la frustración y el tiempo prolongado en este tiempo de aislamiento han estado presentes o a que alguien me contagie. Son emociones negativas pero útiles pues alertan del riesgo y ayudan a evitarlas.

¿Qué nos va a ocurrir tras el estado de alarma? ¿O tras la pos-cuarentena? Es la pregunta que revolotea entre periodistas, tertulianos, algunos desde la política… Mientras, nos van generando opiniones sesgadas y de escaso rigor, tanto que en ocasiones cambian de una semana a otra. Investigadores coinciden en que las fuentes de estrés vendrán de las pérdidas económicas y del estigma de haber estado en contacto con el virus. Habrá que añadir que también del propio confinamiento pues, una situación de aislamiento social prolongado ocasiona no pocos síntomas: ansiedad, cuadros depresivos, trastornos del sueño, duelos inadecuados que no pudieron iniciarse adecuadamente tras las pérdidas, trastornos de estrés postraumático en muchos profesionales que han estado de modo continuado ante vivencias tan angustiantes y de enorme dureza, o diversos malestares psicológicos derivados de las consecuencias laborales ante la crisis social y económica. Tras el periodo del estado de alarma es posible que en el Estado español se hayan superado los 27 mil, o en torno a los 30 mil, fallecimientos oficiales por COVID-19. Esto significará que entre 100 y 150.000 personas podrían sufrir las consecuencias directas relacionadas con no haber podido iniciar adecuadamente el proceso del duelo, incluidos sus rituales y relaciones interpersonales, algo muy arraigado en nuestro medio.

No están probados los beneficios de la intervención psicológica temprana en sea combinación de estrategias para afrontarnos un trauma, ante los síntomas de estrés. Algunas gentes desarrollarán cuadros clínicos complejos con mucho sufrimiento. Habrá muchas situaciones de inadaptación a cuestiones que no conocíamos y que desde las ciencias de la salud mental hay una débil formación. Profesionales de la psicología y la psiquiatría, y la sociedad en su conjunto, tendrán que aprender de esta pandemia, sobre todo la necesidad de atender, colectivamente, a sus gentes, a los grupos de riesgo como las personas mayores, personas con enfermedades crónicas o en situaciones de exclusión. Junto con los equipos de Atención Primaria y colectivos sociales muy diversos para fortalecer la salud comunitaria. A considerar que habrá una tentación, existente ya en la actualidad, de medicalizar y psiquiatrizar el malestar psicológico y otros malestares comportamentales, algo que no es la solución a estos problemas. Sería una inadecuada decisión ante esos malestares del confinamiento y de la desescalada de la cuarentena.

¿Quién se sorprendería si su médico le prescribiera sedantes para combatir las dificultades para conciliar el sueño o para sobrellevar las preocupaciones por el negarse a pautarle esas medicaciones, o que se negase a derivarlo al equipo de salud mental. Si caemos en el error de medicalizar los malestares de nuestra sociedad, las consecuencias pueden ser aún más dañinas que las de la propia pandemia. Corremos el riesgo de que el malestar se cronifique. Con frecuencia estará asociado a lo existencial, cuestiones funcionales propias de nuestra vida cotidiana, y eso no tiene razón de asociarse a algo enfermizo.

También tenemos que hacer frente a algunos de nuestros pequeños monstruos: las nuevas situaciones, quizá unidas a pérdidas de personas queridas, trabajo, vínculos sociales, opciones de ocio, etc., que pueden favorecer la extensión del egoísmo, el racismo, actitudes estigmatizantes hacia ciertas personas, envidias… en suma lo contrario a comportamientos unitarios, solidarios y participativos. Hemos oído comentarios como “yo necesito más ayuda que ese…” o eso de “esta sanidad es para los de aquí” así como las ayudas sociales y otras aportaciones que en situaciones no críticas no serían cuestionadas.

No todo es negativo y se trata de aprender a construir en las nuevas situaciones. Tras una situación de crisis como la que estamos viviendo muchos otros países, tenemos que ser capaces de lograr experiencias propias o ajenas que nos encaminen hacia cambios en la manera de vernos, a nosotros mismos y a nuestro entorno. Eso será parte del llamado “crecimiento postraumático”. Donde no todo pasa por una respuesta sanitaria, o social, aunque debemos evitar iniciativas que vayan contra la salud o contra ciertos sectores de población. Es el momento de exigir el fortalecimiento de los equipos sanitarios y sociales, especialmente la Atención Primaria y ese amplio campo de lo socio-sanitario.

Debemos mejorar la calidad de la atención a la salud, también en los centros sociosanitarios, donde las residencias de mayores han sido lo más visualizado. Deberá ser uno de los aprendizajes tras esta pandemia en la que precisamente por recortes previos en lo sanitario y lo social hemos padecido la envergadura de semejante tragedia. Sin olvidarnos de potenciar las iniciativas de los Servicios sociales. Será imprescindible, caso de posibles intervenciones psicológicas o médicas, que se vean acompañadas de la red de salud pública y acompañadas del crecimiento de los recursos sociales.
No será una tarea fácil, como tampoco lo será evitar el recurso a los tranquilizantes o antidepresivos para afrontar los problemas de sueño, o de ansiedad y preocupación. Nos conduce a debilitar la capacidad de respuesta de quienes consultan, que preferirán refugiarse en la condición de “enfermo” y no afrontar sus problemas. El colapso también podría poner en riesgo la calidad de la atención a los pacientes diagnosticados de un trastorno mental grave.

No obstante, recuperar vínculos no será sencillo. Vínculos inter e intrageneracionales. No por obligada responsabilidad con la infancia o por mala conciencia con mayores y gentes con enfermedades crónicas. Ni romper el vínculo con el pasado -nuestras personas mayores- ni con el futuro, las jóvenes generaciones, de quienes decimos que “son el futuro” y al tiempo, deterioramos el medio ambiente en el que han de vivir. En esta llamada nueva normalidad tenemos una deuda ética por clarificar entre las diferentes generaciones, si deseamos aspirar a un presente y futuro prometedores.
Nos toca valorar lo posible, lo necesario y lo accesible con unos parámetros que se han alterado. Esta pandemia nos ha orientado las miradas hacia nuestra fragilidad y hacia la obligada necesidad de tener un sólido sistema de salud pública que salve la vida a todos, a la inmensa mayoría, al margen de edades, credos, clases sociales, orígenes, o situación
cultural y económica. Hemos observado que íbamos por caminos equivocados, basados en la corrupción, competitividad y destrucción del planeta a costa de cualquier cosa.

Puede que vayamos hacia esa llamada “nueva normalidad”, que suena a término retórico y engañoso, sin duda actuando con otras formas de poder actuando, con un gran hermano que todo quiere ver, y controlar. Puede que al salir de esta situación nos planteemos escapar de otros muchos confinamientos previos que teníamos asumidos: la familia, la sexualidad, tareas en el domicilio, opciones creativas, el brutal consumismo, los modos de relación social, las formas de trabajar, el tipo de transporte y traslados, ciertos tipos de ocio o lo que llamamos vacaciones, etc., etc. Muchos cambios son posibles, quizá necesarios y obligados, aunque también es posible que amplios sectores no hayamos aprendido en esta oportunidad. Nuestra vida cotidiana, la del hiperconsumo, cuyos hábitos se han visto trastocados por esta pandemia y por las medidas frente a ella, nos ha de obligar a determinar muchas renuncias. No estamos acostumbrados, por eso tenemos mucho camino por aprender.

Iñaki Markez
Psiquiatra. Miembro de OME y Osalde

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