“Ciudades amigables”. ¿Una utopía?

Ciudades amigables

“Ciudades amigables”. ¿Una utopía?

¿Es la amigabilidad una disposición natural para contraer amistades? Eso dicen los diccionarios, pero, como suele ocurrir con cualquier otro término, de poco nos sirve cuando tenemos la intención de cargarlo de significado en un sentido determinado

El envejecimiento progresivo de la población mundial llevó a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a impulsar desde 2007 la Red Mundial de Ciudades y Comunidades Amigables con las Personas Mayores, proyecto que busca contribuir a la creación de entornos y servicios que promuevan y faciliten un envejecimiento activo y saludable. Por una ciudad amigable con el envejecimiento entendemos aquella en la que las políticas, los servicios y las estructuras relacionadas con el entorno físico y social de la ciudad se diseñan y reorganizan para apoyar y permitir a las personas mayores vivir dignamente, disfrutar de una buena salud y continuar participando en la sociedad de manera plena y activa.

¿Podemos aspirar a tener ciudades “amigables”, no solo para los mayores, sino para toda la ciudadanía?

Para empezar, no nos podemos contentar con admitir que la “amigabilidad es”, porque, como bien decía Heráclito de Éfeso, nada es, todo cambia. Y lo que nosotros queremos es que la amigabilidad sea una característica fundamental que rija las relaciones humanas.

Queremos para las ciudades el valor universal de la amigabilidad, amigabilidad para el mundo global, para toda la humanidad, incluso para nuestra casa común, el planeta Tierra. Una reflexión que puede ser considerada extremadamente ingenua o ignorante del mundo real que nos rodea.

A lo largo de nuestra historia no hemos abandonado los ideales de la convivencia en paz y armonía. Los textos que hacen referencia al tema en las obras de Platón, Abu Nasr Al-Farabi, o Tomás Moro[i] son un ejemplo de ello.

Porque si bien nuestro mundo encierra una reserva potencial de amigabilidad hay otras circunstancias que se oponen con brutalidad al menor intento de hacer amigable la humana convivencia.

En el largo camino a la utopía hay grandes obstáculos que superar. No vale sortearlos, no vale aislarnos tras muros de alambre y concertinas. No vale ignorar al gueto postcolonial que llama a las puertas de la opulencia. No vale compartir la casa desde la feroz individualidad ignorando a nuestros vecinos estigmatizados por la pobreza, la enfermedad o la exclusión social.

Y tampoco es compatible una ciudad amigable mientras soporte inhumanos grados de desigualdad, familias desahuciadas sin vivienda social, abandono de ancianos en soledad o guetos de inmigrantes en barrios o escuelas.

Tampoco vale señalar culpables o exigir responsabilidades a los otros. Es tarea de todas las personas, individuales, agrupadas y organizadas. Pero, a mayor poder, mayor responsabilidad. Mayor exigencia de compromiso a los poderes públicos. Por ejemplo, desbrozando la selva de corrupción que con mayor o menor intensidad es algo común en el ejercicio del poder.

¿Y qué decir de los poderes que juegan a la geopolítica defendiendo los intereses de las élites con la amenaza, el bloqueo, o la guerra que destruye ciudades, escuelas y hospitales?

No es tarea fácil, cuando viene siendo aspiración de la humanidad nunca lograda. Aunque destacados estudiosos del tema, como Steven Pinker[ii] aseguran que la humanidad hace progresos en la disminución de la violencia.

Largo es el camino y tremendas las amenazas. Pero la utopía, la visión de unas ciudades amigables es imbatible para quienes la albergan en su corazón. Y creo firmemente que está en algún rincón de todos los corazones. Poner todo nuestro empeño en el viaje es por si sola una razón que vencerá todos los inconvenientes y dará sentido a nuestras vidas.

NOTAS

 [i] La Ciudad Ideal de Abu Nasr Al-Farabi 

La cuidad ideal o virtuosa es una de las grandes obras del pensamiento islámico en el campo de la teoría política. La extraordinaria importancia del texto de al-Farabi nace de ser la primera en orden cronológico y de la influencia que después ejerció en la especulación de los pensadores islámicos que en árabe son llamados falasifa, o sea, los filósofos. Frente a la imperfectas y perjudiciales ciudades del mal se levanta la ciudad ideal, la sociedad modelo, la única capaz de realizar plenamente la perfección y el destino inherentes a la condición humana. Esta ciudad ideal debe estar basada, construida y regida por la ciencia política; no arranca de las situaciones sociales fácticas, sino de la inteligencia práctica del hombre, formando una unidad tan natural como la del cuerpo vivo, sin que exista alegría, bien y felicidad individuales si no son al mismo tiempo comunes.

La República, de Platón —en griego Πολιτεία (Politeia), que proviene de πόλις (pólis, denominación dada a las ciudades estados griegas)— es la más conocida e influyente obra de Platón, y es el compendio de las ideas que conforman su filosofía. Se trata de un diálogo entre Sócrates y otros personajes. Para Platón, la Ciudad Ideal se basa en la Justicia y en la Democracia. Para ello, los guardianes (los guerreros y los dirigentes-filósofos) se rigen por un régimen de comunismo integral, algo que no se aplica a la clase inferior. De esta manera, al no tener posesiones, las clases superiores evitarían el amor por las riquezas, causa de muchas injusticias…

Utopía (Tomás Moro)

Tomás Moro imagina una comunidad ficticia basada en los ideales filosóficos y políticos del mundo clásico y el cristianismo. Utopía es una comunidad pacífica, que establece la propiedad común de los bienes, en contraste con el sistema de propiedad privada y la relación conflictiva entre las sociedades europeas contemporáneas a Moro. A diferencia de las sociedades medievales en Europa, las autoridades en Utopía son determinadas mediante el voto popularLa obra contiene numerosas referencias a los ideales expuestos en La República, de Platón. Denomina a su capital Amaurota (del griego ‘sin muros’).

[ii] Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker.

En el que se argumenta que la sociedad actual es mucho menos violenta que en siglos pasados e, incluso, que en décadas pasadas. Admite que debido a los avances en la comunicación, se informa más ahora sobre hechos violentos lo que da la impresión de que el número de víctimas de violaciones, asesinatos y guerras es mayor. No obstante, sostiene que el cosmopolitismo, la razón y la ciencia han conducido a un declive de la violencia de magnitud enorme y que convierten el período actual en, posiblemente, el más pacífico de la historia.